¿DIOS?...

TODO EL MUNDO VA AL CIELO

DIOS NO ES PROPIEDAD PRIVADA DE UNA CULTURA, DE UNA TRIBU O DE UNA NACIÓN. ES MÁS, NO ES PROPIEDAD DE NINGUNA RELIGIÓN, DE NINGUNA IGLESIA Y DE NINGUNA SECTA. SI DIOS NO ES EL DIOS DE TODOS Y DE TODAS, NO ES DIOS. NADIE TIENE DERECHOS RESERVADOS SOBRE DIOS. Eloy Roy

AGRADECIMIENTOS


Son de la autoría de ELOY ROY todos los artículos de este blog, salvo mención contraria. Varios han sido escritos directamente en español. La traducción desde el francés de otros muchos se debe a la complicidad y la generosidad de Susana Merino.



Blog de Susana Merino: Desde mí misma

Correo electrónico: eloyroy@gmail.com


miércoles, 19 de junio de 2013

EL CRUCIFIJO DE LA ASAMBLEA NACIONAL

           

                                                 

“Será una señal impugnada”
          (Lucas 2, 34)


El crucifijo era rey en el Quebec de antes. Se lo veía en todas partes como un sello sobre el catolicismo del 80 % de la sociedad. Para algunos era un simple adorno,  o quizás un objeto de superstición, pero para muchos era el símbolo venerado del amor extremo de Dios por la humanidad conforme al evangelio que dice: “Tanto amó Dios a la humanidad que le envió a su hijo, no para condenarla sino para salvarla (Jean 3, 16-17). 

Pero en el Quebec actual, ya no se encuentran crucifijos, excepto en las iglesias, las casas religiosas y acaso en ciertos hogares. O en museos. 

El salón azul de la Asamblea nacional, sin embargo,  no ha perdido su crucifijo.  Por un milagro de los que solo la política tiene el secreto, la efigie del crucificado sigue intacta colgando más arriba del sillón del Presidente. En realidad, es una espada de dos filos; por su culpa, el Quebec se está partiendo en dos bandos que se agarran del moño como gatos en bolsa.

Los partidarios de un Estado estrictamente laico se rasgan las vestiduras pidiendo la cabeza de ese símbolo religioso. Otros, católicos y aún ex católicos, viendo en ese crucifijo el símbolo de un pasado que ha fuertemente contribuido a fraguar la identidad cultural del pueblo, ponen el grito al cielo cada vez que se lo quiere tocar.

Pregunto a Jesús qué piensa de ese asunto.  Me  responde enseguida y sin dar señas de querer esgrimir los rayos de la  divinidad contra la laicidad.  Muy al contrario, exhibe una amplia sonrisa y, si no interpreto mal su lenguaje,  parece decirme:

     -    Sabes bien que yo no vivo en los crucifijos…

Vivo en el espíritu del pueblo de este país que ha crecido como un árbol grande resistiendo a todos los vientos. En estos últimos años, nuevas ramas de otras esencias han venido numerosas a injertarse en él. Me gustan las raíces de este pueblo capaz de llevar la vida y el futuro de tanta gente de todo el mundo.

Me gusta la libertad, la creatividad y la impetuosidad características de su juventud. Me gusta la justicia que no deja de buscar. Me gustan su compasión y sus impulsos de solidaridad. Me gustan las nuevas facetas que dan a su rostro  un parecido de familia con toda la humanidad…

A la gente que desea honrar a Dios defendiendo los símbolos de su pasado religioso, Jesús le tiene afecto,  pues insiste: “Sin las raíces no hay árbol”. Pero no pretende borrar con eso el pasaje famoso del Evangelio en que queda sentado que la vida, el futuro e incluso la salvación no descansan sobre los odres viejos ni los remiendos de ropa gastada (Marcos 2, 21-22).

Para ir más lejos:

Antes que nada el crucifijo es la imagen de ese hombre humilde y sencillo, llamado Jesús, que fue clavado en una cruz.

¿Por quién? Por los jefes religiosos y el poder colonial de su nación.

¿Por qué crimen?

Por incitar a su pueblo a librarse del miedo en que lo agarrotaban el fundamentalismo religioso y el cinismo de sus dirigentes.

Acogido en un principio como un Mesías y como un dios, no tardó en decepcionar a todos, aún a sus seguidores más fervorosos. El pueblo sencillo que esperaba de él que le diera de comer y solucionara sus problemas sin tener que cambiar su mentalidad de esclavos, lo abandonaron. Los que creían que la única forma de cambiar las cosas era por las armas, también lo rechazaron. Y los que pregonaban que la solución se encontraba en un cumplimiento estricto de  las normas y rituales religiosos, vieron en él un Satanás. Al final, se quedó solo. Y fue matado.

A pesar de ello,  y no obstante los escándalos clamorosos hechos por falsos seguidores surgidos después, ese Jesús sigue siendo una fuente inagotable de inspiración para los humanos que aspiran a un mundo de libertad en la justicia y la fraternidad. Y también para todos aquellos que intuyen que algo transciende este mundo y que la muerte no puede ser la última palabra de la vida.

De una experiencia muy particular que tenía con Dios, Jesús sacó las ideas-fuerza que guiaron su caminar y que con él triunfaron de la prueba extrema de la cruz. Humildemente yo trataría de resumirlas así:

Una ley, aunque lleve el sello del mismo Dios, no puede ser de Dios si oprime en vez de liberar.

Un poder que se sirve de los humanos en vez de servirlos, se descalifica a sí mismo.
    
Dios no sustituye al Estado y el Estado no es dios.

Las mujeres, los niños, las personas y pueblos considerados como inferiores gozan de la misma dignidad y de los mismos derechos que los individuos y grupos que tienden a estimarse superiores a ellos.  

Todo ser humano: extranjero, enemigo, pecador, criminal, roto en su cuerpo o en su espíritu, tiene el derecho de ser tratado con respeto, justicia y bondad.

Todas estas actividades más importantes de la vida como son la cultura, la economía, el arte, la ciencia, la salud, la educación, las comunicaciones, la política, la moral y la religión, si no ponen a la persona humana y al bien común al centro de sus preocupaciones, lejos de atenuar los sufrimientos de la humanidad, corren el grave riesgo de empeorarlos.  

Todo cuanto se hace al último de los humanos, a toda la humanidad se hace; y,  para los que creen en Dios, se hace al mismo Dios.

Combatir un mal con otro mal es el medio más seguro de llevar el mundo a su propia destrucción.

El Dios que da existencia a todo lo que existe no es preso de ningún templo. Dentro de este mundo, su casa es el universo y, sobre la Tierra, su morada está en los seres humanos. No tiene mayor alegría que la de ver a los hombres y a las mujeres ayudarse mutuamente a vivir en la dignidad.

Por lo tanto, toda forma de dictadura, incluyendo la que intentaría justificarse por el Progreso, la Religión o la Paz, es hipócrita y criminal; tarde o temprano genera corrupción, enajenación y miseria y, por eso, debe ser expulsada a latigazos. (Esto se debería aplicar a la dictadura del mercado y a sus gerentes  que se gozan saqueando el gran Templo de la Tierra bajo el pretexto absurdo de asegurar el futuro de la humanidad…).

El verdadero Progreso es el que trae beneficios a todos los hombres y a todas las mujeres de la Tierra, y no solamente a un puñado de hombres y mujeres que poseen más riquezas que todos los pobres del planeta reunidos.

La verdadera Religión consiste en amar gratuitamente, ya que es así como Dios  ama.

La verdadera Paz, la única que merezca este nombre, es la que se construye sobre la justicia y que le tiene horror a toda forma de mentira.


Por haber vivido de acuerdo a estos principios y por haberlos propagado, Jesús fue torturado y condenado a la cruz como rebelde, malvado y apóstata.  Esto es  lo que significa el Crucifijo.

Un hombre, en quien algunos ven al Hijo de Dios, es rechazado porque cuestiona la forma muy estrecha y poco humana en que nosotros, los humanos, acostumbramos ver las cosas y manejarlas.  

Muy a menudo preferimos aferrarnos a nuestros crucifijos antes que prestar  atención a lo que significan.

O simplemente los botamos porque por demasiado tiempo fueron utilizados para santificar precisamente lo contrario de lo que significaban.
                                                                           
                                                                                         Eloy Roy











         




lunes, 22 de abril de 2013

BUENA NOTICIA PARA LOS QUE NO OYEN + JEREMÍAS Y LOS MUDOS

BUENA NOTICIA PARA LOS QUE NO OYEN

                                                                      


¡Felicidades hasta el cielo a mi nieto argentino, Ezequiel Escobar,  y a su genial  grupo de los TWEAKS,  de San Salvador de Jujuy. Estos cinco estudiantes en ingeniería informática acaban de inventar la aplicación “uSound”  para teléfonos portables. Esta aplicación aumenta en forma notable la capacidad auditiva de los maloyentes y, con seguridad,  va a cambiar la vida de millones de personas en el mundo.  Hace una semana, en el marco de la competición internacional por la Copa “Imagine” de Microsoft, los Tweaks, con este invento,  ganaron en Buenos Aires una primera confrontación frente a 6 equipos de las mejores universidades de Argentina y Uruguay.   Este triunfo los va a llevar, en el próximo mes de julio, a San Petersburgo, Rusia, para la final mundial  en la que se enfrentarán con 70 grupos  seleccionados de entre 140 países del mundo.  - "¿De qué lugar, dice usted,   que estos chicos vienen???... -  ¡De unos barrios populares de Jujuy, en Argentina! - ¿Subvencionados por el Gobierno, por la Universidad, por unas empresas? - ¡Qué esperanza! ¡Nada de eso! - ¿Entonces...??? - ¡Puras agallas suyas nomás!"


Artículo
        

                             JEREMÍAS Y LOS MUDOS
 



Marcos 7, 31-37

Los hombres y mujeres de Pilcara tenían fama de ser más callados que las piedras. Al llegar allá Jeremías se propuso cambiar eso, “pues he sido enviado, decía él, para hacer ver a los ciegos, oír a los sordos y hablar a los mudos.” 

Así hablaba Jeremías:

Durante siglos  nos mandaron a callar: “Lo que has visto, lo que has escuchado, guardátelo.  Lo que pensás, lo que sentís, ni “mu”. A todos los que te pregunten algo, siempre contestá: “Sí patrón, sí jefe, sí señora, sí Monseñor”. Si te preguntan cómo estás, respondé siempre: “Aquí estamos” nomás.

Sencillo: si querés sobrevivir, callate. Hacé como si fueras ciego, sordo o mudo, como si no existieras. Hacete el muerto.  En esta forma no vas a tener problemas.

Felizmente, hoy en día, las cosas están cambiando. Pero aún muchos de nosotros seguimos siendo de esos que nunca han visto nada, no saben nada, no tienen nada que decir.

¿Por qué es así?... Porque aún tenemos miedo. Aún seguimos con esa creencia de que solo tienen el derecho de hablar aquellos que tienen buenas propiedades. Ellos solo tienen derechos. Nosotros no.  Porque no tenemos casi nada, hacemos como si no fuéramos nada.  Siempre fue así. Echemos un vistazo a nuestra historia:

- En la época de los Incas, ¿creen ustedes que la gente no tenía miedo de decir lo que pensaba?...

- En el tiempo de la conquista y de la colonia española, ¿creen ustedes que el pueblo (en particular el pueblo indígena) tenía el derecho de expresar lo que pensaba?

- Aún después de doscientos años de independencia, ¿le resulta fácil al pueblo (en particular al pueblo indígena) hablar libremente?

- La Iglesia siempre nos ha enseñado que Jesús abría los ojos a los ciegos y los oídos a los sordos, y hacía hablar a los mudos; ¿pero acaso ella nos enseñó realmente a expresarnos, a hablar, a opinar, a pensar por nosotros mismos, y a decir otra cosa que “Amén”?...

¿Acaso es sano pasar la vida callando? ¿Por qué será, pues, que Dios nos ha dado dos ojos, dos oídos y una lengua?... Por cierto, la lengua puede matar, pero ¿cómo podemos vivir como humanos sin ella?...

¿Dios habla o no?... ¡Claro que Dios habla! Si no, no tendríamos la Palabra de Dios. Ahora bien, la Palabra de Dios es la que trae a la existencia todas las cosas. Sin ella no existe nada y todo existe por ella, escribe Juan el evangelista. Ella es luz, es vida, es energía creadora de Dios. Se hizo carne en Jesús para que en él nosotros, los humanos, nos transformemos en luz también, tengamos vida en abundancia y seamos creadores como Dios. (Juan 1, 3-4; 14).

¿Acaso no somos imágenes de Dios? Por lo tanto, ¡hablemos! ¡Hagamos existir las cosas! ¡Dejemos de vivir como muertos!

Tenemos que aprender a habar de verdad. Jesús quiere esto, aunque no sepamos muy bien cómo hacer. En un principio, nos va a costar y vamos a meter la pata tal vez,  como los niños que apenas empiezan a hablar. Por eso, tenemos que practicar la cosa entre nosotros, con gente de confianza, dándonos el derecho de equivocarnos. Solo los muertos no se equivocan nunca. 

Cuando, abriéndose paso en medio de la muchedumbre, a Jesús le traen para que lo cure a un pobre sordo que gruñe en vez de hablar, él lo lleva aparte para que se entrene a hablar sin temor. Jesús lo aparta bastante para que nadie se burle de él o le venga a gritar: “¡Callate, que no sabés hablar! Ni fuiste a la escuela ¿cómo vas a entender la Palabra de Dios? ¡Sos un adobe!”…

Al pobre hombre Jesús lo aborda con gran humanidad. En primer lugar le quita la sordera porque antes de hablar es necesario  escuchar. Luego le anima a soltar la lengua diciéndole: “No tengas más miedo, amigo, y hablá. Hablá, pues en vos hay mucha sabiduría. Hablá, muchas cosas las entendés mejor que un montón de sabiondos. Hablá, porque solo los que han sufrido como vos pueden entender a Dios y  a los humanos… Sí, Padre, te alabo porque das a conocer cosas grandes a los que se parecen a este hermano, mientras las ocultás a los que creen saberlo todo.” (Marcos 7, 31-37; Lucas 10, 21).


A través de encuentros muy simpáticos  Jeremías y su equipo  daban ánimo  a la buena gente de Pilcara para que se arriesgara a hablar de sus cosas, de sus sentimientos, penas y sueños; de sus cóleras,  fracasos y dudas; de sus gustos y de sus amores. De su historia sobre todo y de sus logros propios. Y de lo que conocían de Dios y de su Palabra.

Jeremías les explicaba que la Palabra de Dios que se encuentra en la Biblia, en realidad es una palabra de mujeres y hombres sencillos como ellos, a menudo muy pobres y muy sufridos. Durante siglos  se han esforzado por descifrar el lenguaje de Dios  en la Naturaleza, en los acontecimientos de su historia y en sus vivencias. Miraron con sus ojos, reflexionaron y oraron. Luego conversaron mucho entre ellos sobre sus descubrimientos. Más adelante aquello fue puesto por escrito.

Ahora nos toca a nosotros hacer lo mismo. Porque Dios no ha hablado solo en el pasado sino que nos habla hoy en día, para seguir creándonos. Para despertarnos de nuevo, iluminarnos, confortarnos. Para hacer nuevas maravillas en medio de nosotros. Por medio de Jesús nos ha hablado y nos sigue hablando. Escuchémoslo   atentamente.

Escuchar sí, pero no tragarse todo como gansos, advertía Jeremías. Porque, en la Biblia, a la par de rico maíz, arroz, trigo, uva y agua pura se encuentra también mucho cascajo.  Hay que escoger  primero lo que uno entiende y lo que alimenta el corazón, y luego solo lo que libera de los miedos y de la esclavitud.  A veces hay que pelear con la Palabra, como Jacob con el ángel, como Job contra el mismo Dios, o como Jesús desahuciado gritando a Dios: “¿Por qué me has abandonado?”…

Jeremías recalca que si el silencio, como lo afirman los sabios, es mejor que la palabra, no todo silencio es bueno. Si no fuera así, Jesús no hubiera curado a los mudos.


Así hablaba Jeremías y he aquí como en Pilcara muchas lenguas se soltaron. Era lindo oír eso: ¡una cacofonía perfecta!… Aún su mismo querido sucesor y  enemigo, el viejo cura teutónico,  lo reconoció. Cruzándolo por la calle, un día, él se echó a sus brazos con ruido y exclamó: “Jeremías, has hecho un milagro increíble: ¡hiciste hablar a las piedras de Pilcara!  … Pero… ahora…”  Y se fue sin terminar su frase.

Pero ahora… “¡hay que callarlas!…”  iba a decir el Teutón, pero no se animó.  Sus acciones posteriores lo mostraron ad nauseam. Por ejemplo, en su catequesis de preparación a los bautismos, amonestaba a padres y padrinos para que se cuidaran de la Biblia:
“Yo he estudiado en la Gregoriana de Roma y no puedo decir que entiendo la Biblia, ¿cómo ustedes que ni han cursado el segundo grado de primaria la van a entender? Repitan después de mí: ‘¡Soy un adobe!’… ¡Repitan les digo, y más fuerte, pues no oigo!”…


Así van las cosas, unos son enviados a los mudos para hacerlos hablar,  y otros para callarlos.



                                                                  Eloy Roy



lunes, 4 de marzo de 2013

PAN DEL CIELO Y CABALLO COMUNITARIO




Un homenaje sencillo a los animadores y animadoras de pequeñas comunidades que se han partido el alma para hacer emerger una iglesia con sabor a evangelio y rostro humano, y que con dolor han visto sus esfuerzos aniquilarse por la poca valentía de los mismos que tenían la misión de andar al frente de ellos.  



Hace rato que los pequeños agricultores de la Landa rumian el proyecto de formar una comunidad que enorgullezca al Buen Dios. Modesto y Nilda, su esposa, son el alma de ese sueño.

Hoy, domingo, todo el mundo está reunido para compartir la buena Palabra junto con pan casero, vino Toro, chicha, refrescos, empanadas, humitas y hojas de coca. Entre  bocados, cantos, música de sikuris y oraciones, Modesto comenta aquel trozo del evangelio en el cual Jesús es aclamado como “pan bajado del cielo” (Juan 6,51-60).

“Esto no es chino”, comenta Modesto.  Les explica que Jesús era tan querido que a la gente no le importaba dejar su trabajo, sus animales y sus casas para ir en bandadas a oír su palabra. No se cansaban de  escucharlo. Su palabra les llenaba. A tal punto que a veces  ni se acordaban de comer. Decían que Jesús y su  palabra eran “un pan del cielo” para ellos.


Modesto les recuerda que, tras la muerte y resurrección de Jesús, cuando las primeras comunidades cristianas comenzaron a salir a luz, el signo que las caracterizaba no era la cruz sino una mesa fraterna con pan en abundancia para todos aquellos que se juntaban a ellos. Los primeros cristianos oraban y trabajaban juntos, compartían todo entre ellos y cuidaban unos de otros. Entre ellos no había ricos ni pobres. Y nadie pasaba hambre. Al menos esto es lo que relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,42-45; 4,32-35).




Hoy, en la pequeña comunidad de la Landa, no todos tienen pan. Acá, los más pobres todavía labran la tierra con arado de madera tirado por… ¡la mujer!... Si por suerte  la mujer tiene marido, siempre se puede defender. Pero si el marido ha muerto o “se ha mandado a mudar”, es la catástrofe.

Ese día en la capilla, al escuchar la reflexión de Modesto sobre el “pan de vida”, la comunidad de la Landa se acuerda del drama de esas familias abandonadas y se exprime los sesos para ver cómo solucionar  ese drama. Hasta lágrimas saltan en los ojos de algunos.

De pronto, alguien exclama: “¡Tengo una idea! Propongo que pongamos, cada semana,  unos pesos en una caja común.  Cuando tengamos suficiente dinero, compraremos un caballo. Será el caballo de la comunidad. Lo guardaremos en la chocita al lado de la capilla. Cada familia, por turno, se encargará de alimentarlo. En la época de la labrada, prestaremos el caballo a las familias  más necesitadas.”

La propuesta es acogida de inmediato como una iluminación del Espíritu Santo. Todos manifiestan su acuerdo, aplauden con fervor y se retiran cantando Aleluya.

Pasan los días y la caja permanece vacía. La gente se hace de rogar,  posterga el compromiso, inventa mil pretextos para no colaborar.

Modesto vuelve a insistir: “La idea del caballo es del buen Dios. Seamos generosos y, por favor, llenemos esta caja lo antes posible. Como saben, yo no tengo plata, pero cuando tengamos nuestro caballo yo me comprometo a hacer los labrados. Lo haré sin cobrar nada. Porque, pensándolo bien, aún con caballo, no sería muy cristiano dejar que las mujeres se las arreglen solas. Esta será la contribución mía.”

Todos abrazan a Modesto con emoción y se retiran para la casa.  En la caja, sin embargo, no ha caído un solo cobre.

Modesto tiene nueve hijos.  Es campesino y albañil, mientras Nilda, su mujer, cuida de unas cuantas cabras y cultiva una huertita entre las piedras. Es él, Modesto, quien ha construido la capilla de la comunidad. Sin demasiada ayuda a decir verdad.

El tiempo continúa transcurriendo y la caja sin llenar. Modesto no puede  esperar más. Se presenta a la casa de un compadre  que vive en un pueblo vecino, le pide prestados algunos pesos, luego compra el caballo, lo alimenta a su costa y, como prometido, labra gratuitamente los campos de las madres sin marido. Nadie pone un centavo, nadie aporta heno para el caballo, nadie le da una mano.

Después de aguantar así durante dos años, Modesto y Nilda ya no dan más y deciden vender el caballo enflaquecido a un precio inferior a lo que había costado. Haciendo de tripas corazón, Modesto se presenta de nuevo a casa del compadre y, con el fruto de la venta, abona al menos una parte de su deuda.

Pero enseguida corre la bola de que con la venta del caballo Modesto se ganó una buena platita…  Las lenguas se disparan y la comunidad frunce el ceño.  A Modesto no le cuesta aclararlo todo con pruebas al canto, pero tres o cuatro individuos no se dejan convencer y se retiran antes de que se levante la reunión. La aureola de Modesto ha empezado a perder brillo. 

En aquel momento, una crisis enorme estalla en la cabeza de la parroquia de la que la Landa forma parte: el párroco, un tal Jeremías, y su equipo acaban de ser despedidos por el obispo.

En un principio, el obispo había bendecido ese proyecto de  pequeñas comunidades en torno a la Palabra de Dios. No veía con malos ojos el que laicos como Modesto y Nilda fueran formados para animar esas comunidades. Pero ahora está hasta la mitra con todo aquello.

Esas pequeñas comunidades, según él, se han extralimitado. Con su opción por los pobres y sus posturas ante las injusticias, ciertos sectores de la iglesia y de la sociedad se inquietan, lo que no deja de incomodar al pastor de la diócesis.  

Naturalmente, como obispo, él no se opone a los  pobres. Al  contrario, pero, en su opinión, la iglesia debe también estar con los ricos. No le gusta la llamada  “opción preferencial por los pobres” porque le suena discriminatoria. Los ricos son hijos de Dios también. En el evangelio, el ser pobre no es primero un mal al que hay que combatir sino una realidad espiritual que hay que promover. La iglesia reverencia la pobreza como una gran virtud y la pone como primera condición para acceder a la santidad “¡Felices los pobres de espíritu!” ha dicho Jesús.

Por cierto, admite el obispo, existe una pobreza que no es una virtud y que se debe combatir. Sin embargo, no hay que olvidarse de que la pobreza hace también estragos entre los ricos. Aunque esa pobreza  es de naturaleza distinta, en no pocos casos, es más perniciosa y menos soportable que la de los pobres.

El obispo no pretende con eso canonizar a los ricos. Los hay que son pecadores, admite él, como hay pecadores entre los pobres. Pero hay ricos que son muy buenos. La diócesis se beneficia de la generosidad de varios de ellos. Así con la obra del Seminario mayor y otras obras importantes de la iglesia.

Los militares no son  todos unos demonios tampoco,  como algunos se complacen en pintarlos.  ¿Quiénes, pues,  han traído de vuelta la enseñanza religiosa en las escuelas sino los militares?

El problema con las nuevas tendencias pastorales, lamenta el obispo,  es que se valen abusivamente del Concilio Vaticano II para mezclarlo todo. Confunden el orden político y el orden eclesial. Los Derechos humanos, la justicia social, el problema obrero, la causa de los desparecidos de la Dictadura, las reivindicaciones de las comunidades aborígenes por la protección de su cultura y la recuperación de sus tierras ancestrales, son todas cosas que, con toda seguridad, interesan a la iglesia, pero no son de la incumbencia suya sino del Estado. “¡Al César, pues, lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!” 

Finalmente, a juicio del obispo y de sus asesores, el  problema de las pequeñas comunidades radica en esa confusión. Pasan la vida mezclando la religión con cuestiones de justicia y de libertad y contaminan el evangelio con prácticas de origen pagano heredadas de los ancestros indígenas. Además de empañar así la pureza de la doctrina,  se prestan al juego de las izquierdas, fomentan la lucha de clases y hacen tambalear el zócalo de la paz social. Urge tomar medidas.


Y medidas son tomadas. Jeremías es despedido de la parroquia y aún de la diócesis, y su equipo es enviado al limbo. Son remplazados por unos laicos piadosos y por un cura viejo,  de muy mal carácter pero de doctrina segura. Nacido teutón,  este religioso anciano tiene, entre mil manías,  la de jactarse a los cuatro vientos de las novelescas hazañas de su  glorioso pasado, destacándose entre ellas la de haber servido como oficial del ejército de su patria, en la época de un cierto Hitler... 


La reprobación de Jeremías y de su equipo desencadena un seísmo que repercute inmediatamente en todas las pequeñas comunidades. En la Landa, Modesto es apartado inopinadamente de su servicio de animador. Una señorita de edad canónica y de ficha religiosa sin mancha, es “de oficio” nombrada para hacer de enlace entre la capilla y la parroquia.

Bajo una lluvia de harina y confeti y al son de los sikuris, la comunidad consagra en sus nuevas funciones a la elegida. La comisión “pro templo”, tradicionalmente encargada de las llaves, bancos,  campana y fiestas, así como de la plata de las colectas, ve terminado, por fin, su largo exilio y reasume su rol de antes. El cura teutón, más devoto del catecismo de Trento que de los caballos comunitarios,  echa las campanas al vuelo.

De ahora en adelante, en la Landa, las cosas vuelven rápidamente a ser como antes.  La gente ya no tiene que participar y  se conforma con  hacer feliz al cura.  No se comparte más el pan casero, ni el  vino Toro, ni las gaseosas, ni las hojas de coca, ni nada. No se dan más celebraciones de la Palabra si el cura no está, y si está, se asiste a misa nomás.  

En las misas se masculla la palabra de Dios pensando en las moscas. Poco se canta y nadie más se preocupa por cambiar el mundo. Pero, sí, se recogen monedas; no, sin embargo,  para comprar caballos, sino para “pasar misas”. Misas por los muertos, desde luego, ya que la salud de los muertos, como es sabido, es más importante que la de esas mujeres que han traído niños al mundo fuera de los lazos sagrados del matrimonio. Por lo tanto, la caja de la capilla  nunca está vacía.

A medida que aumentan las visitas del cura y se multiplican las misas por los difuntos, la prosperidad financiera se mantiene en alza. Pronto se le va a poder dar una nueva pintada a la capilla y se mandará a retocar la imagen de la Virgen. El buen cura estalla de contento haciéndose lenguas de sus queridas ovejitas de la Landa.  La buena religión de siempre, por fin, ha vuelto a casa.

Ciertamente no se encuentran malas personas en la Landa. Todos aman a Jesús y creen ciegamente que la hostia consagrada por el sacerdote es  verdaderamente el Cuerpo de Cristo. Lo más duro para ellos no es el dogma de la transustanciación, cuya existencia ignoran, sino el poner en práctica la simple palabra de Jesús, transformándola en un compartir fraterno, en una participación activa y una solidaridad concreta para que, alrededor de ellos, nadie sufra de miseria o pase hambre. “Esto es demasiado duro”, dicen.

Y es así como de a poco esa buena gente abandona el camino de Jesús para volver a la religión en la que el templo y el culto ofrecen más atractivos que los pobres y la justicia.

No todos, felizmente, razonan así. A pesar de las humillaciones, Modesto y Nilda continúan estando presentes y sirviendo como pueden, esperando que, un día,  su comunidad resucite.

“Mi carne es alimento de verdad”… No todo el mundo entiende esto.  Por eso, tal vez, no sobran en el mundo los “caballos comunitarios”,  y  sí los muertos por hambre.



                                                                           Eloy Roy

lunes, 18 de febrero de 2013

EL BALCÓN DE SAN PEDRO




Sale la “fumata” blanca de la chimenea de la Sixtina y tocan a vuelo las campanas de  San Pedro.  El Cardenal Protodiácono irrumpe majestuosamente al bacón de la Basílica y  anuncia al mundo que la iglesia católica tiene un nuevo papa. Pero el nombre del elegido no se oye bien.

Aparece a su vez la cruz procesional y, detrás de ella, la silueta de alguien cuya cara, por algún problema de luz, no sale clara. Parecería  que no lleva los acostumbrados  atuendos pontificios, ni cuello romano, ni sombrerito. Se lo ve saludando con amplios ademanes la muchedumbre que llena la plaza,  y ésta le responde con vítores atronadores pero con grandes interrogantes en los ojos.  ¿Quién es ese?

Ese hombre de apariencia imprecisa lleva una Biblia en la mano. La abre y, acercándose a los micrófonos, lee con voz vibrante:

-           - El Espíritu del Señor está sobre mí…

Sigue un breve silencio.

-          - Me consagró y me envió para traer buenas noticias a los pobres… 

Hace una pausa,  toma una larga respiración y repite destacando cada sílaba:

-       - Me en-vió pa-ra tra-er bue-nas no-ti-cias a los po-bres…

Sube el volumen al pronunciar la palabra “pobres”.

Después de una nueva pausa, prosigue leyendo:

-          - para anunciar la libertad a los cautivos… 
  
    Insiste con fuerza sobre la palabra “libertad”.

Nueva pausa.

-           - para abrir los ojos a los que no ven…

Otra pausa.

-           - para despedir libres a los oprimidos…

Estas  últimas palabras salen de su boca como un toque de clarín. Y también las que siguen:

-           - y para proclamar  ¡un Año de Gracia del Señor!

Un silencio sepulcral se extiende sobre la Plaza San Pedro. El nuevo papa cierra la Biblia y dice:

-          - La lectura que acaban de escuchar nos pone ante los ojos, en los oídos y en el corazón lo que fue y sigue siendo el programa de acción de Jesús de Nazaret según el evangelio de san Lucas, capítulo 4, versículos 18 a 21.

Luego agrega:

-         - Pues bien, lo que acaban de escuchar, HOY MISMO lo vamos a poner en práctica.

                                                                   
Ese “HOY MISMO” golpea como un Big Bang la columnata de  Bernini. La cúpula de San Pedro se estremece. Los pobres y los amigos de los pobres aplauden frenéticamente. Los demás se enojan a muerte.

-        - ¡Viva el Papa! gritan unos.
-        - ¡Es un impostor! vociferan otros.

En eso, los cardenales atónitos dejan su balcón y corren hacia el del nuevo papa para pedirle que corrija la mala impresión creada por él. Le suplican diciendo:

-      - Santidad, usted habla de pobres y de oprimidos, de libertad y de liberación, pero, como ve, esto divide en vez de unir.  Por favor, agregue unas buenas palabras de amor y de paz para que se calmen las mentes y se conforten los corazones…

La dicha Santidad no hace caso a los cardenales. Les alarga la Biblia  con una inmensa sonrisa y les dice:

-        - Jesús nos ha dado a conocer su programa de acción en el Espíritu de Dios, el cual, como ustedes saben, es “puro amor y pura paz"… Dicho programa es el de la iglesia, es el suyo y es el mío. No agregaré una sola palabra que convierta en caramelo la energía creadora de las palabras de Jesús. Si a los hermanos cardenales les gusta más la leche descremada que el alimento sólido, ¡qué tomen esta Biblia y la quemen!

En ese instante se arma un bochinche como nunca se había visto en  lugar tan santo. Unos bonetes rojos vuelan, los guardas suizos tocan retreta y por poco el papa cae cabizbajo fuera de su balcón.

Dicen algunos testigos que solo un milagro explica cómo el nuevo papa  logró zafarse de esa desventura con todos sus huesos.

Desde la Plaza y ante las pantallas de centenares de millones de  televisores en el mundo, todos se preguntan si esto es una alucinación o una manifestación de Dios.  Se entrechocan las opiniones como pequeños volcanes en erupción en las cuatro esquinas de la catolicidad.

-          - ¡Es un loco! dicen unos.
-          - ¡No, es un santo! dicen otros.
-          - ¡Por fin, tenemos un verdadero Papa!
-          - ¿Qué Papa? ¡Un tercermundista!
-          - ¡Un profeta!
-          - ¡No, un demonio!
-          - Peor aún: ¡un laico!
-          - ¡O una mujer disfrazada de varón!…
-          - ¡Un ángel!
-          - ¡Un turco!
-          - ¡Un marxista!
-          - ¡Increíble!
-          - ¡Es el fin del mundo!

 De repente, desde un altoparlante venido de ninguna parte,  una voz melodiosa llena cielo y tierra:

-        - ¡Alégrense, pueblos queridos, salten de gozo: el Reino de Dios ha llegado hasta ustedes!

Último toque de clarín…                                                                  
                                                                    

                                                               ELOY ROY


domingo, 27 de enero de 2013

EL HIJO DEL REY SE CASA



Todo el mundo va al cielo, “los malos como los buenos”. Lo afirma el mismo  Jesús  en una pequeña historia sobre un rey que ofrece un gran banquete para las bodas de su hijo. No todos, sin embargo, están de acuerdo… Hoy como ayer.  (Mateo 22, 1-14).



El Rey


El hijo del rey se va a casar con la muchacha más hermosa del país. El  papá está loco de alegría. La  boda va a ser grandiosa. Tirando la casa por la ventana, el viejo convida a  los “pilares de su reino” a un banquetazo que promete hacer historia.
Dichos “pilares” son como la misma familia del rey. Son gente que otrora han peleado mucho por el reino. En agradecimiento, el rey les ha conferido títulos de altísima dignidad y asignado los puestos más prestigiosos de su gobierno.

Pero estos grandes dignatarios no comparten en nada la 

alegría del rey. Al rey le tienen respeto, porque siempre veló

por los intereses de ellos, pero al hijo lo odian. Para ellos, 

ese hijo sin experiencia no es más que un peligroso 

soñador.

Ese hijo pretende que el pueblo sofoca en el reino y que grandes cambios son necesarios. Según él, hay que sacudir las viejas tradiciones, flexibilizar las leyes, rejuvenecer las estructuras, ponerse al día, abrirse al mundo, otorgar a todas las personas la oportunidad de crecer y de realizarse.  Hay que cambiar de mentalidad, tener visión, no temer la novedad. Recomenzarlo todo desde cero si necesario para que el pueblo respire.

Ese lenguaje del hijo del rey choca profundamente a los dignatarios del reino que se consideran a sí mismos como los padres, los protectores y los bienhechores del país.
No irán a la boda. La van a boicotear. Inventando mil pretextos, mandan a  avisar al rey que “con mucho pesar” no van a poder participar de la  fiesta.

Para el rey, el golpe es duro, pero se lo traga. Sabe cuánto los “pilares” de su reino están apegados a su poder.  En varias oportunidades él les había rogado, incluso suplicado, que pensaran en promover  serios cambios para remediar al descontento que estaba creciendo en el reino, pero cada vez era como hablar con sordos. Solo el hijo hacía suya la preocupación de su padre. 

“Puesto que los grandes no quieren de mi banquete”, declara el rey, “¡voy a invitar a los pequeños!” Al instante, mensajeros salen a las cuatro esquinas del reino para anunciar a los habitantes que todos son más que bienvenidos a la gran fiesta.   

En un tiempo récord los suntuosos salones del palacio se llenan con un gentío increíble en el que se apilan “malos como buenos” – todos pobres según Lucas 14, 21-23.  Comienza la fiesta. Todos comen y se divierten a más no poder. El rey está en la gloria.

En el punto máximo de la fiesta, el rey se levanta y, con el corazón en la mano,  anuncia que ha tomado la decisión de encargar a su hijo amado una misión que exigirá mucho valor y sabiduría. Esta misión muy especial  consistirá en impulsar sin tardar en el reino todos los cambios necesarios, aun los más radicales, para que cada persona que viva en él beneficie de una vida realmente libre, sana y más auténticamente humana.


El hijo


El hijo  acepta la misión con agradecimiento y gran entusiasmo y, sin perder tiempo, proclama una serie de buenas noticas que caen como pan y vino del cielo en la boca de los invitados. Son diez.

     Valiéndome del mandato que en este momento me confía mi padre,  tengo el sumo placer de anunciarles lo que sigue:

-        A partir de hoy todas las deudas quedan perdonadas.  Ya no se debe más nada a nadie, y las propiedades confiscadas vuelven a sus dueños originarios.
  
     Toda forma de esclavitud, aún la más sutilmente disfrazada, queda abolida  para siempre.

-         El reino de la guerra, de la venganza y de la violencia hoy se acaba.

-           Se acaba también la religión de la letra, del rigor, del miedo  y de aquellas reglas exageradas que, lejos de honrar a Dios, lo hacen odioso.

-           En adelante el rey deja de concentrar el  poder en sus manos y se pone por entero al servicio del pueblo para que el pueblo crezca y  tome en sus manos su propio destino.

-          ¡Sí, felices los pobres, porque hoy la pobreza se desvanece como neblina al sol de la mañana!

-         ¡Felices los hombres y mujeres que tienen hambre y sed de justicia, porque a partir de ahora van a obtener plena satisfacción!

-         ¡Felices todos nosotros porque, al asentar nuestras vidas sobre la roca del respeto, de la verdad y de la libertad, y al hacer de la compasión, de la solidaridad y de la justicia nuestra bandera, inauguramos en este día la era de la Paz!

-         No faltarán dudas, burlas, persecuciones ni cruces, pero nos incentiva en sumo grado saber que el camino que hoy emprendemos es el de los profetas.

-        ¡Regocijémonos porque  el Reino de Dios ya está en marcha!

Con este  discurso todos los corazones estallan de alegría. Los aplausos llueven, las ovaciones son interminables.  No paran los brindis, los vítores y los juramentos de fidelidad al rey, a su hijo y a Dios. De una sola alma todos se comprometen a entrar a pie firme en la maravillosa alianza sellada en esas bodas.


La serpiente

Mientras tanto, colándose como una serpiente por una puerta de atrás, un oscuro personaje  se ha metido en el palacio. Busca pasar inadvertido, pero con su anticuado atavío negro todos lo notan. Echa por todos lados miradas sombrías, pareciendo más nervioso que un pescado caído en un mar de lodo. No toca ningún alimento y no habla con nadie. Ni puede  creer lo que sus ojos ven.

Lo que el colado ve con ojos desorbitados es cómo el rey ha perdido la cabeza dejando entrar en su casa un revoltijo de gente mezclado de “buenos y malos”. A sus oídos el discurso del hijo suena como una declaración de guerra a los “pilares” del reino. “¡A ese hijo hay que matarlo!”, piensa él. Al instante cae muerto en redondo.


Al igual que ese oscuro personaje, muchos no aceptan que el Evangelio sea una Feliz Noticia para todo el mundo. Ellos mismos se excluyen de la vida nueva a la que Jesús convida la humanidad y cortan el camino  a las multitudes que quisieran entrar en ella. (Mateo 23, 13-14).

Son ellos los que han cerrado las ventanas de la Iglesia que el Espíritu Santo había logrado abrir en el  concilio Vaticano II. Han forzado la Iglesia a replegarse sobre sí misma y la han vaciado de las tres cuartas partes de sus fuerzas vivas.

No hay nada como los miedos, los complejos, los prejuicios, los fanatismos,  los tabúes, las creencias pétreas y la paranoia erigida  en virtud, para arruinarse la vida y envenenar la del mundo entero. Nada peor que los intereses de clase o esas visiones de futuro que, en realidad, no son más que intentos desesperados por perpetuar el pasado.

Mientras que los encargados del orden retiran discretamente el cadáver del hombre oscuro, la fiesta sigue adelante para mayor alegría del rey, de su hijo y de toda la linda gente acudida a la boda.


La novia


A propósito, ¿quién puede ser la maravillosa novia con la que el hijo del rey se ha casado hoy?

Algunos dicen que es Utopía, otros creen que es más bien Locura. En realidad, es Sabiduría, la misma sabiduría de Dios, la que penetra la Creación hasta sus raíces y la conduce sutilmente a su plena realización.

La Sabiduría tiene una energía  que sobrepasa la de la luz, del agua y del viento. No es ni un sueño, ni una hermosa ilusión.  Es la misma fuente de toda Realidad. Ella es la que hace que las flores se abran y crezcan los bosques, que la Luna gire alrededor de la Tierra y la Tierra alrededor del Sol. Y aunque sea ajena a toda forma de magia, puede mover las montañas y resucitar los muertos. Ella es capaz de despertar suavemente en el ser humano energías todavía dormidas que, un día, le permitirán tocar las estrellas. 

Es ella la que el hijo del rey ha tomado por esposa y la que le ha inspirado todas sus palabras.


Fin   


Ya sabemos cómo todo terminó. Al hijo lo mataron y a la Sabiduría la echaron.

Por millones de “buenas” razones”, naturalmente…

¿Quiénes cometieron ese crimen? 

Ciertamente no los “malos” que habían concurrido a la boda y que habían vibrado con las palabras del hijo, sino los “buenos” que habían boicoteado la fiesta.

¿No podría esta historia tener, algún día, un final menos triste?...

                                  
                                                                 Eloy Roy